16.5.10

 

Estamos de vuelta...

Han sido dos semanas intensas. Agotadoras.

Nosotros nos perdimos el último de los temblores mientras íbamos en un autobús camino de Valparaiso (esa ciudad que a algunas les parece una colección de favelas y a otros nos enamora). Pero como dice el editorial de The Clinic, el periódico satírico chileno, “No ha dejado de temblar”:
“Según todos los pronósticos, esta semana comenzarán las lluvias en el sur. Hay miles de familias que las padecerán prácticamente a la intemperie: en carpas de nylon, bajo empalizadas cubiertas de plásticos y fonolitas. Gente que lo perdió todo cuando ese todo ya no era tan poco (...) Es decir, son muchímos los que llevan más de dos meses atónitos, incómodos, despojados, como sobreviviendo. En Santiago, el ombligo de Chile, los olvidamos hace rato. Perdieron raiting en la televisión. El presidente llegó a replantear el proyecto del Mapocho navegable, mientras en Lebu continuan recogiendo escombros. (...) Está llegando el invierno, y nadie tiene muy claro de qué se habla cuando se habla de reconstrucción. En torno al tema aparecen con más frecuencia nombres de empresas que proyectos sociales y culturales coherentes, liderados por el poder central”.

En una de las cenas bromeaba con un amigo de las extrañas razones que habrían motivado que Chile dejase de ser un país prioritario en la Cooperación Internacional al Desarrollo. Los “buenos” datos en lo macroeconómico enmascaran la realidad micro de millones de personas que el terremoto no ha hecho más que sacar a la luz. Según las previsiones el país sudamericano crecerá un 3,2% pero la realidad de miles de personas se verá poco afectada por ese incremento que no incluye las pertinentes transformaciones sociales y económicas que les permitan salir de la pobreza.

Del Congreso Mundial de Terapia Ocupacional prometo escribir más despacio (y tal vez a cuatro manos) en cuanto tenga algo de tiempo para reposar y para ordenar las anotaciones que fui realizando durante los cuatro días extenuantes que duró el evento. Pero para los que creemos en otro mundo posible y en otras “terapias ocupacionales” mereció la pena estar allí. Todo lo vivido, todo lo aprendido, todos los (re) encuentros compensaron el esfuerzo y las horas de avión. Uno se ha venido con la sensación, que espero no se evapore, de que de este Congreso pueden construirse muchos proyectos que posibiliten una profesión más comprometida con la realidad de las personas con las que trabajamos.

El viaje fue una estupenda oportunidad para recorrer algo del Sur del Chile montados en ese mini coche alquilado. Ya he decidido que, cuando me jubile (a los 67, o a los 70, o a los que sean) quiero marcharme al Lago Ranco. La publicidad institucional decía que es un “rincón del paraíso” y no puedo estar más de acuerdo. Para la tercera queda pendiente la anhelada visita a Chiloé.

Y para acabar, no puedo más que darle las gracias a mi compañero de viaje, por su paciencia, por su generosidad y por su cercanía. Por aguantarme y por soportar mis desesperadas búsquedas de un café mañanero de verdad (que malos son los vicios). Ha sido un auténtico lujazo compartir estos días con él. Con pocos comparto una visión tan parecida de la terapia ocupacional. Gracias.

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